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La relación médico-paciente y su importancia en la práctica médica

Relación médico paciente

Cuántas veces hemos acudido al médico con unos síntomas, nos han hecho pruebas, han evaluado los resultados y han determinado que la solución pasa por una intervención quirúrgica de la que apenas sabemos nada y hemos sentido la necesidad de buscar en internet? ¿Y cuántas otras hemos escuchado al médico hablar en esa jerga tan técnica y hemos salido pensando que no entendíamos nada pero que, si lo decía el profesional, estaba claro y no había otra opción?

Creo que no me equivoco cuando afirmo que todos nos hemos sentido un instrumento, cuando en nuestra condición de pacientes, parece que pasamos por una cadena industrial, donde nos chequean y “arreglan” con una intervención para intentar solucionar un problema físico del que sabemos poco o nada y que de pronto, se convierte en un asunto de vital importancia. Sabemos que los doctores se preocupan mucho de su técnica quirúrgica, de dominar el campo del que son especialistas, de tranquilizarnos con su experiencia… pero, ya sea por el trabajo en cadena o la falta de tiempo, muchas veces salimos con la sensación de que no nos han contado todo lo que necesitamos saber al respecto para tomar una decisión. Y ¿qué hacemos? En el mejor de los casos, recurrir a internet.

Más veces de las que pensamos, son los administrativos o personal de atención al paciente quienes tienen la tarea de entregarnos unos folios que tenemos que leer y firmar sin demasiado tiempo antes de la intervención, con la idea de que aquello no es más que un trámite farragoso al que obliga la ley. Los pacientes nos leemos rápidamente aquello que apenas entendemos y al final firmamos sin darle demasiadas vueltas, conscientes de que en ese “papel pone todo lo malo que me puede pasar”

Si después de la intervención, las cosas salen bien, cada uno vuelve a su casa y todos contentos. Pero si las cosas no salen como se esperan o se producen complicaciones adversas, es entonces cuando nos acordamos de que esto no me lo dijeron, no sabía que pudiera pasar o si lo llego a saber, no me opero. En estos casos, que suceden más de lo que podamos imaginar, es cuando entra en juego la falta de información, las dudas y la búsqueda de culpables….

Nadie pone en duda que la función de un buen profesional sanitario es saber intervenir al paciente con su mejor técnica, tratar de solventar su patología con eficacia y darle los cuidados que necesita para su total recuperación. Pero a menudo, en la cadena de atención al paciente, falta el eslabón que garantiza la información apropiada y adecuada. Esta información forma parte de esa misma condición de calidad asistencial y de la buena praxis médica que de ello se deriva. Y a menudo también, se considera toda esta acción de información como un trámite tedioso, un “papeleo” abrumador y algo que pueden delegar en enfermeros, auxiliares o administrativos sin necesidad de custodia para garantizar el cumplimiento.

Nada más lejos de la realidad y de la ley 41/2002 del 14 de noviembre que establece claramente en su artículo 10 que es el facultativo el encargado de proporcionar al paciente todos los detalles relevantes de la intervención a la que va a someterse. En esta ley, se considera al médico responsable de trasladar la información siempre verbalmente y por escrito en los casos en que se produzca un procedimiento invasivo y en ultima instancia, es el que tiene que garantizar el derecho a la información del paciente. Esta información escrita es la prueba física del deber de información al paciente y va acompañado de todas las aclaraciones y explicaciones verbales que éste solicite para que pueda ejercer su decisión de forma libre y autónoma.

Para ejercer este derecho inexcusable del paciente, se necesita un interlocutor que conozca toda la información no solo del procedimiento a llevar a cabo, sino también de las circunstancias específicas de cada paciente recogidas en el historial clínico, así como de los riesgos y complicaciones que se derivan de ellas. ¿Quién mejor que el profesional que va a intervenir o, en su defecto, un médico del equipo, para hacer esta función con plenas garantías sanitarias y legales?

Está más que demostrado que un paciente informado es más activo y colaborador y si esa información sale de su médico, la relación de confianza que se establece mejora la percepción de aquel y la sensación de estar bien atendido y cuidado; lo que redunda en una mejor recuperación y mayor comprensión en caso de complicaciones. Cuanto mejor sea la relación entre médico y paciente en cuanto a respeto mutuo, conocimiento, confianza y perspectivas sobre la enfermedad, la vida y el tiempo disponible, mejor será la cantidad y calidad de la información que se intercambiará en ambas direcciones, mejorando la precisión del diagnóstico y aumentando el conocimiento del paciente sobre su dolencia. Por el contrario, en aquellas circunstancias en que la relación no fluye, se compromete la habilidad del médico para realizar una evaluación completa del paciente y es más probable que éste desconfíe del diagnóstico y del tratamiento propuesto, disminuyendo las posibilidades de cumplir con el consejo médico.

Afortunadamente en los últimos años, se está realizando un gran esfuerzo por parte de docentes, instituciones universitarias, colegios de médicos, o empresas de tecnología médica para establecer protocolos de actuación que mejoren la relación médico-paciente y eso pasa por el traslado de una información completa, compresible y veraz que trate al paciente como un ser autónomo y responsable. Tal y como afirma la Organización Médica Colegial de España:

el compromiso profesional y las obligaciones deontológicas deben llevar la relación médico-paciente a crear un ambiente propicio para promover no solo la salud, sino también la seguridad y la capacidad de decisión del individuo que consulta.

Es más, son tan conscientes de esta necesidad, que la han propuesto a la Unesco para ser declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.